La lana de oveja lleva décadas cotizando a la baja. Lo que durante siglos fue uno de los motores económicos del mundo rural se ha convertido hoy en un problema logístico para el ganadero: hay que contratar un esquilador, pagar por la operación y asumir, en muchos casos, el coste de deshacerse de la lana porque nadie la quiere. Raoul Ferrer es ingeniero técnico agrícola especializado en agricultura regenerativa y lleva cuatro años investigando ese material que el ganadero no sabe dónde meter y que puede ser una de las mejores respuestas que tiene la agricultura española frente a la sequía.

“¿Cómo puede ser que un material natural y orgánico no tenga al menos una aplicación agrícola?”
Esa fue la pregunta que se hizo Raoul Ferrer en 2022, cuando una ganadera del Maresme le planteó su problema: no sabía qué hacer con la lana que esquilaba cada año. Desde esa conversación inicial, Ferrer le pidió a la ganadera toda la lana que tuviera. Cuatro años después tiene investigaciones en marcha en Cataluña, Menorca y Aragón, un trabajo de fin de máster, y un manto de lana cruda mecanizado en proceso de comercialización.
Un material que la naturaleza ya había diseñado bien
La lana funciona como acolchado por razones que no son casualidad: son las mismas propiedades que la hacen útil como fibra textil, trasladadas al suelo. La primera es la termorregulación. La lana es un aislante térmico que en invierno conserva el calor y en verano impide que la radiación solar llegue directamente a la tierra. «Los rayos ultravioletas no inciden en el suelo, y además al ser la lana mayoritariamente blanca, los rebota en lugar de absorberlos», explica Ferrer. Esto tiene una consecuencia directa sobre uno de los problemas más silenciosos de la agricultura mediterránea: la desertificación. Un suelo descubierto expuesto al sol durante meses pierde estructura, vida microbiana y capacidad productiva.

La segunda propiedad clave es la higroscopicidad. La lana no repele el agua, sino que la regula. Cuando llueve, la absorbe y la va cediendo al suelo de forma paulatina, como una esponja que se llena y se vacía despacio. La lana puede retener hasta un treinta por ciento de su peso en agua, lo que significa que en zonas de niebla o rocío absorbe también la humedad ambiental de la mañana y la incorpora al suelo.
Hay una tercera ventaja que Raoul señala especialmente frente a quienes temen que la lana ahogue las plantas: su porosidad. Las fibras de lana no forman una capa impermeable sino una red que deja circular el aire, el agua y las raíces. «La gente se piensa que la lana va a generar una asfixia radicular y la planta se va a morir. Pero la lana tiene un espacio poroso de entre el ochenta y cinco y el noventa por ciento. Eso quiere decir que cuando la tenemos como acolchado, el aire, el agua y las raíces circulan sin ningún problema.» Y cuando se descompone —proceso lento, que puede durar uno o dos años— no desaparece sin más: incorpora al suelo nitrógeno orgánico, fósforo, potasio, magnesio, zinc, boro y otros elementos minerales. «Para mí es el material orgánico que tiene más diversidad de nutrientes en su composición», afirma.

En el campo, funciona
Las propiedades sobre el papel convencieron a Ferrer desde el principio. Pero lo que lo ha mantenido cuatro años en esto son los resultados sobre el terreno. Los datos apuntan siempre en la misma dirección: la lana mejora el desarrollo de los cultivos incluso en condiciones climáticas extremas.
Los resultados más prometedores llegan de zonas áridas. La cobertura de lana en olivos o almendros ha duplicado o triplicado el tamaño de las plantas en ciclos cortos, y ha permitido reducir a menos de la mitad los riegos necesarios en verano. «Estamos produciendo con menos agua, igual o mejor que de la otra forma», resume Ferrer. Con lechuga en verano, el ahorro de agua ha sido tan significativo que Ferrer ha cosechado con menos de la mitad de los riegos que requiere el suelo desnudo. «Estamos produciendo con menos agua, igual o mejor que de la otra forma», resume.
Pero la lana no solo resuelve el extremo de la escasez. En otoño de 2024, la DANA llegó a la zona del Baix Llobregat donde Ferrer tenía sus experimentos. El suelo sin cobertura quedó encharcado e intransitable. El suelo bajo la lana absorbió el agua sin encharcarse y seguía siendo laborable. «La lana no genera encharcamiento», explica Ferrer. «Lo que hace es regular la humedad. Si hay un exceso, lo absorbe y luego lo va devolviendo poco a poco. Es el comportamiento de una esponja.»
Dos problemas, una solución
Lo que hace singular el descubrimiento de Ferrer no es solo los beneficios en los cultivos. Es que revaloriza un material clasificado hoy como residuo SANDACH. Mientras la lana siga siendo un costo para el ganadero, nadie invertirá en buscarle salida. Pero si se puede comercializar como producto agrícola, el ganadero deja de pagar y empieza a cobrar.

Ferrer está desarrollando un manto de lana cruda mecanizado que permite aplicarla a escala con un precio comparable al biofilm de plástico. Ha trabajado durante el último año con un colaborador aragonés para resolver el principal obstáculo: la colocación manual a gran escala. «Hemos conseguido crear este manto. Ahora estamos en el proceso de papeles para comercializarlo», explica. Durabilidad de uno a dos años y sin el residuo que deja el plástico. Lo más importante es que permite pagar al ganadero por su lana. «Si yo le pago al ganadero por su lana, ya estoy revalorizando la lana. Eso es lo que quiero», dice.
El impacto va más allá de la parcela. Con salida económica, hay incentivo para mantener cabaña ovina, pastores, limpieza de monte y, en consecuencia, menos incendios. Un material que costaba dinero conecta así la agricultura con la gestión del territorio.
Ferrer espera tener el manto disponible antes de final de año. Cuatro años después de aquella conversación inicial, la respuesta está casi lista. Mientras Ferrer ya asesora a agricultores y ganaderos que quieren incorporar la lana como acolchado en sus fincas.
Raoul Ferrer es ingeniero técnico agrícola, máster en Agricultura Ecológica por la Universidad de Barcelona y especialista en agricultura regenerativa. Desde 2022 investiga el uso de lana de oveja como acolchado agrícola. Asesor de agricultores y ganaderos, ha realizado investigaciones de campo en olivo, lechuga, viñedo y almendro en Cataluña, Menorca y Aragón. Actualmente trabaja en la regulación normativa del uso de lana como mulching y en el desarrollo de un manto de lana cruda mecanizado para aplicación a escala comercial.



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