La brecha de género en ciencia agraria sigue siendo amplia a escala mundial: las mujeres representan solo un tercio del personal investigador y alrededor del 35% de las personas graduadas en STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas), una proporción que apenas ha cambiado en la última década. Esta desigualdad se refleja también en los sistemas agroalimentarios, donde ellas son mayoría en la mano de obra, pero con frecuencia su aportación queda sin reconocimiento o sin remuneración.
La exclusión de mujeres en ciencia e innovación implica dejar fuera ideas, innovaciones y experiencias que influyen en la capacidad del sector para transformar los sistemas agroalimentarios hacia modelos más eficientes, inclusivos, resilientes y sostenibles.

Por qué la igualdad en STEM importa en el campo
Impulsar la participación de mujeres y niñas en STEM refuerza el trabajo agroalimentario y mejora la relevancia de la investigación cuando incorpora realidades del medio rural. El reto no se limita a la educación formal: afecta también a comunidades rurales, pequeños productores, Pueblos Indígenas y otros colectivos infrarepresentados o marginados dentro de los sistemas agroalimentarios.
En un contexto de crisis y adaptación climática, el empoderamiento de las mujeres se ha señalado como una pieza importante para aprovechar soluciones de agricultura climáticamente inteligente y para fortalecer la resiliencia frente al cambio climático.
Qué medidas se ponen sobre la mesa
Cerrar la brecha requiere medidas que actúen a varios niveles. Por un lado, se apunta a crear entornos que favorezcan una ciencia y una innovación sensibles al género mediante políticas de apoyo y estándares que garanticen resultados equitativos e inclusivos, junto con asistencia técnica para trasladar el conocimiento a los países y facilitar su aplicación.
La traslación de la ciencia a la práctica aparece como un eje clave: se plantea que la tecnología y las innovaciones deben llegar a quienes más lo necesitan y responder a las realidades de mujeres y hombres. En ese camino se citan iniciativas como la visibilización de referentes femeninos en ciencia agroalimentaria, diálogos intergeneracionales y retos de innovación dirigidos a jóvenes.
También se insiste en la necesidad de medir para poder corregir: disponer de datos desagregados por sexo sobre equipos de investigación, financiación, liderazgo y beneficiarios se considera básico para la rendición de cuentas y para orientar decisiones.
El enfoque propuesto es sistémico y de ciclo de vida, centrado en las “estructuras de oportunidad”: quién entra en la ciencia, quién permanece y quién progresa. Entre los obstáculos tempranos se mencionan estereotipos que alejan a niñas de STEM y la importancia de generar espacios donde puedan desarrollar su curiosidad científica con confianza.
La mentoría se presenta como una herramienta para sostener carreras científicas, con apoyo intergeneracional que ayude a superar barreras y ganar seguridad. A nivel institucional se citan políticas de contratación, retención y promoción sensibles al género, además de medidas de conciliación para evitar salidas forzadas por evaluaciones sesgadas o presiones sociales.
Entre los apoyos para facilitar el acceso y la continuidad se incluyen becas, ayudas, prácticas remuneradas y subvenciones de viaje que tengan en cuenta la realidad de científicas que también son madres, con el objetivo de aumentar su presencia y visibilidad en congresos. Junto a ello, se plantea cuestionar normas arraigadas, implicar a los hombres como aliados y reconocer enfoques participativos y comunitarios, para que la innovación del campo también se valore cuando nace desde el territorio.




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