Un fruto tropical originario de los bosques colombianos ha marcado un hito en la industria alimentaria global. El colorante azul natural extraído del fruto inmaduro de la jagua (Genipa americana) en los bosques de Colombia, conocido y utilizado ancestralmente por los pueblos indígenas de América del Sur, ha sido reconocido oficialmente por el Codex Alimentarius como aditivo alimentario seguro y apto para el consumo humano.
El pigmento, obtenido cuando la pulpa de la jagua entra en contacto con el aire y adquiere un intenso tono azul oscuro, ha sido durante siglos empleado por comunidades indígenas, como los Emberá del Chocó, para decorar la piel, teñir tejidos y alimentos. Hoy, la industria alimentaria celebra este desarrollo como el “santo grial” de los colorantes naturales, al tratarse del primer pigmento azul de origen natural que resiste condiciones ácidas, completando así el espectro cromático natural disponible para alimentos procesados.
Aprobación respaldada por una rigurosa evaluación científica
El proceso de validación del azul de jagua ha sido largo y exigente. Una empresa colombiana fue la encargada de desarrollar el aditivo y recopilar la evidencia necesaria para su evaluación toxicológica. La Comisión Mixta FAO/OMS del Codex Alimentarius —organismo que establece las normas internacionales de inocuidad alimentaria— revisó durante varios años los parámetros de seguridad, hasta confirmar que el colorante podía incorporarse al estándar global de aditivos alimentarios. Desde la confitería hasta los cereales de desayuno, el pigmento está ahora autorizado para múltiples aplicaciones.
Este reconocimiento implica que el azul de jagua podrá comercializarse internacionalmente con respaldo normativo, facilitando su inclusión en alimentos regulados en todo el mundo y garantizando a los consumidores su inocuidad y calidad.
Beneficio potencial para comunidades indígenas y biodiversidad
El Gobierno colombiano y diversos actores locales consideran que esta inclusión puede suponer una oportunidad económica relevante para las comunidades indígenas que han conservado el conocimiento tradicional vinculado a este fruto. Particularmente, se espera que beneficie a los Emberá, que habitan en zonas selváticas del Chocó, una de las regiones más biodiversas del país.
Además del impacto económico, el uso comercial del azul de jagua se perfila como un motor para la conservación de ecosistemas y el impulso de modelos agrícolas sostenibles, siempre que se asegure una producción respetuosa con el entorno y con los derechos de las comunidades tradicionales.
Un ejemplo de regulación basada en ciencia
El Codex Alimentarius, impulsado hace más de 60 años por la FAO y la OMS, es el principal referente internacional en normas alimentarias. Su misión es proteger la salud de los consumidores y garantizar la equidad en el comercio internacional de alimentos. En palabras de Sarah Cahill, secretaria de la Comisión del Codex, este caso demuestra “la importancia de sustentarse en principios científicos sólidos y en una evaluación de riesgos adecuada”.
La evaluación del azul de jagua ilustra cómo la combinación de tradición, innovación científica y regulaciones internacionales puede abrir camino a nuevos ingredientes seguros y sostenibles, integrando prácticas culturales ancestrales en un contexto alimentario globalizado.





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