El sector de vacuno de leche de COAG ha presentado un documento con diez propuestas para el diseño del Plan Estratégico del Sector Lácteo del Estado español, coincidiendo con el arranque del debate sobre el primer borrador de ese documento. La organización agraria advierte de que, si el texto no cambia de rumbo, el sector lácteo español podría dejar de tener ganaderos y ganaderas al frente de las explotaciones para convertirse en un modelo «uberizado», gestionado a distancia por fondos de inversión y grandes corporaciones multinacionales.

El aviso llega acompañado de un dato que COAG sitúa en el centro del debate: en los últimos doce meses han cerrado 530 granjas de vacuno de leche en España, 1,5 cada día, hasta dejar el censo en apenas 8.600 explotaciones. El sobrecoste que estas ganaderías ya no pueden absorber ronda los 6 céntimos por litro, disparado por una factura energética que se ha encarecido en torno a un 30% y por el precio de la alimentación animal.
Un sector que se vacía mientras la leche llega igual a los lineales
Los últimos datos oficiales confirman la tendencia. Según las declaraciones de entregas de leche cruda que recopila el FEGA, en mayo de 2026 había 8.578 productores activos en España, frente a los 9.104 registrados un año antes: un 5,8% menos en solo doce meses. La caída no es puntual ni se concentra en un solo territorio: Galicia, la principal comunidad autónoma productora, perdió 301 explotaciones en el último año, y también se registraron descensos relevantes en Asturias, Cantabria, Castilla y León, Cataluña y Andalucía.
El desplome no se debe a que se produzca menos leche. Mientras las granjas cierran, la producción nacional crece, pero el precio pagado en origen no acompaña esa realidad: el precio medio nacional cayó de 0,502 €/litro en mayo de 2025 a 0,477 €/litro en mayo de 2026, con descensos todavía más pronunciados en zonas como Galicia.
De la ganadería con nombre y apellidos a la «uberización» del campo
Para COAG, estas cifras no son solo un problema de rentabilidad, sino el síntoma de un cambio de modelo que avanza de forma silenciosa. La organización advierte de un proceso de «uberización» del sector lácteo, en el que la persona ganadera —hasta ahora profesional autónoma, dueña de sus animales, su tierra y sus decisiones— corre el riesgo de convertirse en mano de obra subcontratada dentro de macroestructuras productivas controladas por capital financiero, fondos de inversión y multinacionales de la alimentación, con el centro de decisión cada vez más lejos del establo y del territorio.
La organización lo compara con un patrón ya visto en otros sectores económicos: la plataforma o el gran operador fija las condiciones, concentra el valor y traslada el riesgo hacia abajo, mientras quien produce pierde capacidad real de negociar y decidir sobre su propio trabajo. Aplicado al campo, ese modelo se traduce en explotaciones cada vez más grandes, más endeudadas y más dependientes de terceros, además de un vaciamiento paralelo del medio rural: menos población, menos actividad económica local y menos relevo generacional.
Es precisamente INLAC, la interprofesional láctea, quien ha encargado a la Universidad de Santiago de Compostela la elaboración del primer borrador del Plan Estratégico, un texto que, según COAG, dibuja un futuro de granjas sin ganaderos ni ganaderas al frente y que debe corregirse para situar la vertiente social del sector en el centro y no únicamente las cifras de producción.
Las propuestas de COAG: poner a las personas en el centro
Frente a este horizonte, COAG plantea un Plan Estratégico que no se limite a maximizar litros, sino que priorice la continuidad de un tejido ganadero profesional, autónomo y vinculado al territorio. Entre sus principales propuestas figuran rentas dignas y precios que cubran los costes reales de producción, con estudios de costes independientes como referencia obligada en la negociación, contratos tipo sectoriales vinculados a esos costes y herramientas ágiles para perseguir prácticas abusivas y de cartel.
La organización pide también un blindaje normativo frente a las «ofertas de mala fe»: contratos que cumplen el requisito formal de duración mínima pero incluyen cláusulas que empeoran significativamente las condiciones de las granjas para forzarlas a renunciar a la estabilidad a medio plazo. A ello suma una estrategia de cadena completa, no solo de producción, que incorpore más valor añadido, presencia reforzada en el mercado interno y un etiquetado de origen europeo que permita a la ciudadanía elegir productos de cercanía frente a los lácteos importados.
Entre el resto de propuestas, COAG reclama un freno a la burocracia que no aporta seguridad alimentaria pero sí asfixia a las explotaciones de menor tamaño frente a las exigencias comerciales de terceros países, y servicios de sustitución colectivos y públicos que permitan a ganaderos y ganaderas coger vacaciones, tener bajas por enfermedad o disfrutar de permisos de maternidad y paternidad sin hipotecar su autonomía ni endeudarse para crecer. La organización plantea además reducir la dependencia de insumos externos y del petróleo, apostando por la electrificación, el autoabastecimiento energético, la economía circular y los circuitos cortos como colchón frente a las crisis globales, y cuestiona el modelo que obliga a crecer o a endeudarse para sobrevivir, en línea con estudios que sitúan a las explotaciones de menor dimensión y mayor diversificación como las que realmente logran incorporar a personas jóvenes al sector.
El aviso a navegantes
COAG resume el dilema de fondo: no se trata de si España va a seguir produciendo leche, sino de quién la va a producir y en qué condiciones, si ganaderos y ganaderas con capacidad real de decidir sobre su vida y su trabajo, o piezas operativas de estructuras dirigidas desde fuera del territorio, con la rentabilidad fluyendo hacia fondos que no viven ni pisan el campo español.
La organización lanza así un mensaje claro de cara al debate sobre el futuro Plan Estratégico: cada explotación familiar que cierra sus puertas no es solo una cifra más en las estadísticas del FEGA, sino un hueco que, tarde o temprano, alguien ocupará. La pregunta que pone sobre la mesa es si ese hueco lo llenará una nueva generación de ganaderos y ganaderas con capacidad de decidir sobre su propio proyecto de vida, o el próximo fondo de inversión con vocación de convertir el campo español en una pieza más de su cartera.






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