Ampliar la variedad de proteínas que se producen y consumen en Europa podría fortalecer la seguridad alimentaria y reducir la presión medioambiental del sector agrario. Así lo concluye el reciente informe de la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA), que apuesta por una estrategia de diversificación paulatina para rebajar la actual dependencia de los piensos de importación.

El documento señala que el sistema proteico europeo actual se apoya mayoritariamente en los productos de origen animal, que representan el 60 % de una ingesta ciudadana que ya supera las necesidades nutricionales medias. Según los datos del organismo, la producción ganadera concentra más del 65 % de las emisiones agrícolas de gases de efecto invernadero en la Unión Europea, contribuyendo además a la contaminación del agua por nitratos y a las emisiones de amoníaco.
A este impacto ambiental se suma una notable vulnerabilidad logística. El bloque comunitario importa cerca de dos tercios de los piensos ricos en proteínas, con unas compras de soja que alcanzan los 30 millones de toneladas anuales procedentes fundamentalmente de Brasil, Argentina y Estados Unidos. Esta concentración del suministro expone a la cadena alimentaria a las fluctuaciones geopolíticas y a los incrementos en los costes energéticos.
Un reequilibrio frente a la ruptura del modelo
Pese a estas cifras, la institución europea descarta que la diversificación deba plantearse como un reemplazo total de la actividad ganadera. El estudio reconoce que modelos como el pastoreo extensivo resultan esenciales para la conservación del paisaje, recordando que un tercio de los hábitats protegidos del continente dependen de este manejo. Por ello, la propuesta se orienta hacia un reequilibrio gradual que proteja la economía de las zonas rurales.
En este escenario de transición, las proteínas de origen vegetal se perfilan como la alternativa con beneficios medioambientales más inmediatos debido a la consolidación de sus mercados. No obstante, el análisis también evalúa opciones emergentes como el uso de insectos, la fermentación de biomasa o la carne cultivada, vías que todavía deben superar obstáculos regulatorios, elevados costes de producción y las reticencias de los consumidores.
Desde el punto de vista económico, esta transformación estructural abre nuevas líneas de negocio. Según las proyecciones manejadas, el consumo mundial de proteínas alternativas podría multiplicarse por siete de cara a 2035, situando a la industria comunitaria en una posición favorable para competir en segmentos de alto valor, tanto en alimentación humana como en la formulación de raciones animales.
Fomentar el cultivo nacional de estas materias primas reforzaría además la autonomía estratégica del continente. En esta línea, los registros del Centro Común de Investigación de la Comisión Europea apuntan que una transición coordinada hacia fuentes proteicas más diversas lograría recortar las compras exteriores y reducir las emisiones agrícolas comunitarias en un 5 % para el ecuador de la próxima década.





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