En mayo de 2025, Raoul Ferrer colocó lana de oveja alrededor de unos almendros jóvenes en Alcañiz, provincia de Teruel. En septiembre, cuatro meses después, los árboles con cobertura triplicaban el tamaño de los que habían crecido sin ella. Misma variedad, mismo riego, mismo suelo. Solo la lana.
Lo que esconde una fibra que nadie quiere
«La gente se piensa que la lana va a ahogar las plantas. Que va a generar una asfixia radicular y la planta se va a morir.» Ferrer lo escucha con frecuencia. Y entiende por qué: vista desde fuera, una capa densa de fibra apelmazada no parece el entorno ideal para un cultivo. Pero la lana tiene un espacio poroso de entre el ochenta y cinco y el noventa por ciento. El aire circula. El agua circula. Las raíces también.
Lo que no circula tan fácilmente es el calor. La lana es un aislante térmico: en invierno conserva la temperatura del suelo y en verano impide que la radiación solar lo alcance directamente. Es la diferencia entre un sistema radicular que crece y uno que sobrevive. A eso se suma que la lana puede absorber hasta un treinta por ciento de su peso en agua y liberarla de forma gradual, como una esponja que se vacía despacio. Y cuando se descompone —entre uno y dos años según las condiciones— incorpora al suelo nitrógeno orgánico de liberación lenta, fósforo, potasio, magnesio, zinc, boro y una decena de elementos más. Con una relación carbono-nitrógeno de 4,4, es, en palabras de Ferrer, «el material orgánico que tiene más diversidad de nutrientes en su composición.»
Lechugas
El ensayo más controlado lo realizó Ferrer en los campos de prácticas de la EEABB en Castelldefels, con dos ciclos de lechuga en verano y otoño de 2024. Dos bancales, mismas variedades, mismo riego por goteo, sensores en tiempo real. Uno con lana. Otro sin nada.
Tras los tres primeros riegos de adaptación, el bancal con lana no volvió a recibir agua desde el 9 de julio hasta el 2 de agosto. Veinticinco días. Con cuarenta grados. Prácticamente la mitad del ciclo de cultivo sin intervención hídrica. El bancal de control requirió varios riegos en ese mismo período. Y cuando llegó la cosecha, el 12 de agosto, las lechugas bajo la lana pesaban más en ambas variedades. «Estamos produciendo con menos agua, igual o mejor que de la otra forma», resume Ferrer.

Los sensores explicaron el mecanismo. La humedad bajo la lana bajaba lenta y constantemente, siguiendo el ritmo de consumo del cultivo. Sin cobertura, subía con cada riego y caía en picado por evapotranspiración, obligando a volver a regar. La temperatura bajo la lana se mantuvo en un rango de apenas dos a tres grados de oscilación a lo largo del ciclo. El suelo desnudo registró variaciones bruscas: estrés radicular, menor eficiencia, más agua necesaria para el mismo resultado.
Lluvias extremas
El segundo ciclo de lechuga añadió una prueba que Ferrer no había planificado. Las lluvias de la DANA de otoño de 2024 alcanzaron el Baix Llobregat. El suelo arcilloso sin cobertura quedó encharcado e intransitable. Al día siguiente, con el sol, se había compactado hasta formar una costra. El suelo bajo la lana había absorbido el exceso sin encharcarse y seguía siendo laborable.
Es la misma propiedad que retiene el agua en sequía actuando en sentido contrario: cuando hay exceso, la lana lo absorbe; cuando hay déficit, lo devuelve. «Si hay un exceso, lo absorbe y luego lo va devolviendo poco a poco. Es el comportamiento de una esponja», dice Ferrer. Un material que regula en los dos extremos no es habitual en agricultura. La paja no lo hace. El plástico tampoco.

Olivar
En la finca Verd Camp Fruits de Cambrils, Ferrer siguió durante nueve meses el desarrollo de olivos jóvenes plantados en octubre de 2023. La mitad con cobertura de lana. La mitad sin nada. A finales de ese período, los olivos con lana habían duplicado el tamaño de los otros. La sonda registró una humedad más estable en la zona radicular de los árboles con cobertura durante los meses de invierno y primavera, cuando todavía no había riegos intensivos. Esa estabilidad en la fase de establecimiento es la que marca la diferencia.
Almendro
Desde 2025, Ferrer trabaja junto al Centro de Investigación y Tecnología Agroalimentaria de Aragón (CITA) en una investigación en almendro joven en Alcañiz, provincia de Teruel. Los resultados han sido los más llamativos de toda la investigación.

En condiciones de calor extremo como las de esa zona, donde el suelo desnudo alcanza los cincuenta grados al mediodía en verano, las raíces protegidas de las oscilaciones térmicas y con acceso constante a la humedad crecen sin interrupciones. «La planta coge la humedad cuando realmente la necesita, no cuando nosotros creemos que la necesita», explica Ferrer. El resultado visible —triplicar el tamaño en cuatro meses— es la consecuencia de un sistema radicular que no ha sufrido estrés. En zonas áridas con plantaciones jóvenes, la lana no mejora el rendimiento: directamente cambia las posibilidades de supervivencia.
Viñedo
En Menorca, una investigación en viñedo en espaldera iniciada en 2025 añadió un ángulo distinto. En viticultura, el control de adventicias en la línea de cepas se hace habitualmente con el intercepas: una máquina que entra cinco centímetros en el suelo, rompe las raíces de las hierbas y de paso remueve tierra, compacta con el tractor y consume gasoil. Cuantas más pasadas, más coste y más perturbación del suelo.

Las fibras de lana se entrelazan de forma natural al contacto con la humedad y la gravedad, formando una red densa que dificulta la emergencia de las adventicias. No las elimina, pero las frena. «Si conseguimos que la hierba tenga que gastar mucha energía para salir, al final no será competitiva», explica Ferrer. En Menorca, la cobertura permitió reducir significativamente el número de pasadas del intercepas. Menos trabajo, menos gasoil, menos suelo removido.
Cómo se coloca, con qué se combina y cuánto dura
La eficacia depende en buena medida de la aplicación. No vale depositar lana sin más: hay que generar una capa homogénea y suficientemente densa para que las fibras se filtren entre sí. Es una técnica que Ferrer ya transmite a través de formaciones y asesoramientos a agricultores y ganaderos que quieren incorporarla en sus fincas.
La combinación con otros materiales multiplica el efecto. Ferrer coloca habitualmente madera triturada o restos de poda debajo de la lana. La madera aporta carbono; la lana encima retiene la humedad necesaria para acelerar su descomposición. «Como la lana retiene humedad a largo plazo, lo que consigo es acelerar la descomposición de esa madera hacia el suelo. Estoy aportando ese carbono más rápido», explica. El resultado es un sistema que mejora la estructura del suelo desde abajo y lo protege desde arriba.
La lana tampoco se retira cuando empieza a degradarse. Cuando el grosor disminuye y las hierbas empiezan a emerger con más facilidad, se repone una capa encima. La que queda debajo sigue descomponiéndose e incorporándose al suelo. Durabilidad estimada: uno a dos años, frente a los pocos meses de la paja y la única campaña del biofilm de plástico. Sin dejar residuo.
El principal reto pendiente sigue siendo la escala. La colocación manual es viable en pequeña y mediana superficie, pero inviable económicamente en extensiones grandes. Ferrer trabaja en el desarrollo de un manto de lana cruda mecanizado, similar en formato al biofilm convencional, que permitiría aplicar la cobertura con maquinaria existente a un precio competitivo. Espera tenerlo disponible antes de final de año. Si lo consigue, lo que hoy funciona en parcelas experimentales podrá llegar a cualquier finca.
Raoul Ferrer es ingeniero técnico agrícola, máster en Agricultura Ecológica por la Universidad de Barcelona y especialista en agricultura regenerativa. Desde 2022 investiga el uso de lana de oveja como acolchado agrícola. Asesor de agricultores y ganaderos, ha realizado investigaciones de campo en olivo, lechuga, viñedo y almendro en Cataluña, Menorca y Aragón. Actualmente trabaja en la regulación normativa del uso de lana como mulching y en el desarrollo de un manto de lana cruda mecanizado para aplicación a escala comercial.


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