La viabilidad económica de las explotaciones ganaderas se enfrenta a una amenaza creciente debido al incremento de las temperaturas extremas, que comprometen no solo la producción actual, sino también la salud y la capacidad reproductiva a largo plazo de los animales. Un informe conjunto elaborado por la FAO y la OMM advierte de que el calor extremo actúa como un multiplicador de riesgos, afectando de forma sistémica a vacuno, ovino, caprino, porcino y avicultura, con pérdidas proyectadas que podrían alcanzar los 40.000 M$ anuales para finales de siglo en un escenario de altas emisiones.
El umbral de los 25 grados y la merma productiva
La fisiología animal cuenta con una zona de termoneutralidad en la que el organismo mantiene su temperatura interna sin gasto extra de energía. Según indica la investigación, este límite se sitúa en los 25 °C para vacuno, ovino y caprino no aclimatados, mientras que en porcino y aves, especies que carecen de la capacidad de sudar, el umbral es aún más bajo, de 24 °C. Superar estas temperaturas desencadena respuestas automáticas que priorizan el enfriamiento sobre la producción.
El impacto es directo y cuantificable en el comedero: por cada grado que la temperatura sube por encima de los 30 °C, el consumo de pienso en las principales especies ganaderas cae entre un 3 y un 5%. Esta reducción de la ingesta, sumada al gasto energético para disipar calor, genera un balance negativo que se traduce en menos leche, menos huevos y una pérdida de peso significativa. En el vacuno de leche, la producción desciende aproximadamente un 2% por cada unidad de incremento en el índice de estrés térmico.
Secuelas reproductivas y pérdidas intergeneracionales
El informe destaca que los efectos del calor extremo son especialmente críticos en la fase reproductiva. En los mamíferos, el estrés térmico retrasa la pubertad y reduce drásticamente las tasas de concepción. El equipo investigador señala datos preocupantes sobre la fertilidad de los machos: los carneros, por ejemplo, requieren entre seis y siete semanas de recuperación tras un episodio de calor extremo para volver a producir esperma viable.
Más allá de la campaña actual, el estudio identifica un «efecto latente» que afecta a la siguiente generación. Las hembras que sufren estrés térmico durante la gestación dan a luz crías con menor peso al nacer y menor esperanza de vida. Además, estas crías suelen ser menos productivas en su etapa adulta, mostrando menores rendimientos lácteos o una eficiencia alimentaria reducida, lo que supone un perjuicio económico irreversible para el ganadero.
El reto del manejo y la calidad del forraje
La vulnerabilidad del ganado se agrava por factores indirectos como la degradación de la calidad del alimento. El informe advierte de que el forraje producido bajo condiciones de calor extremo tiene menos proteínas y minerales, pero más lignina y fibra, lo que lo hace menos palatable y más difícil de digerir. Esta dieta de menor calidad obliga al animal a generar más calor metabólico durante la digestión, intensificando el estrés térmico en un círculo vicioso.
En cuanto a los sistemas de producción, el estudio señala que las instalaciones de confinamiento intensivo permiten un mayor control mediante ventilación, aunque la ausencia de sistemas de enfriamiento eficaces sigue provocando episodios de mortalidad masiva en olas de calor. Por otro lado, en los sistemas extensivos, los ganaderos tienen menos herramientas de mitigación, dependiendo de la disponibilidad de sombra y agua, cuyo consumo puede llegar a dispararse hasta un 1.100% en ovejas durante periodos críticos.






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