Un equipo del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa (CSIC-UAM) ha logrado corregir, en un modelo experimental con células humanas, un error oculto en el ADN que causa algunos casos de acidemia propiónica, una enfermedad metabólica rara y potencialmente mortal que se manifiesta ya en los primeros días de vida. Mediante la herramienta de edición genética CRISPR-Cas12a, liderado por la Dra. Lourdes Desviat, el equipo ha conseguido que las células volvieran a producir la enzima que les falta a estos pacientes, en lo que constituye una prueba de concepto publicada en Molecular Therapy: Nucleic Acids.

El hallazgo se suma a una lista creciente de avances biomédicos que dependen de las mismas técnicas de edición genética: terapias aprobadas contra enfermedades como la anemia falciforme, ensayos clínicos en marcha contra distintos cánceres y trastornos hereditarios, y una investigación que en apenas una década ha pasado del laboratorio a los hospitales. La sociedad ha aceptado, y en gran medida celebra, que estas herramientas corrijan errores del ADN cuando está en juego la salud humana.
Si la edición genética se acepta, sin apenas controversia social, para corregir un error del ADN que amenaza la vida de un recién nacido, cabe preguntarse por qué habría de tratarse de forma distinta cuando el objetivo es corregir un error del ADN que amenaza la producción de alimentos, la resiliencia del campo europeo frente al clima y la competitividad de quienes lo trabajan.
La misma herramienta, otro cultivo
Las llamadas nuevas técnicas genómicas (NGT, por sus siglas en inglés) —de las que CRISPR es la más conocida— permiten introducir en plantas alteraciones puntuales del ADN, del mismo tipo que las que podrían producirse por mutación natural o por las técnicas de mejora convencional, pero de forma dirigida y en mucho menos tiempo. A diferencia de los transgénicos clásicos, no incorporan necesariamente material genético ajeno a la especie: corrigen, silencian o activan genes ya presentes en la planta.
El resultado son variedades resistentes a plagas y enfermedades, tolerantes a la salinidad de los suelos, capaces de soportar mejor la sequía y las temperaturas extremas, o con un uso más eficiente del agua y los nutrientes. Rasgos, todos ellos, que ganan urgencia a medida que el cambio climático somete a los cultivos a un estrés cada vez mayor, como han evidenciado esta misma campaña las olas de calor que han recortado los rendimientos de patata en Castilla y León o la sequía que amenaza a la remolacha en Francia.
Los agricultores de Estados Unidos, Canadá, Japón, Reino Unido o Argentina ya disponen de variedades editadas genéticamente para producir más con menos insumos, menos agua y menos fitosanitarios, mientras que los europeos todavía están esperando y compitiendo con sus homólogos internacionales en peores condiciones.





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