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¡Qué pereza! (X. Iraola)

Xabier Iraola Agirrezabala

Agua y sequía 6 Sep 2026 0

«¡Qué pereza!», es el comentario de mi hijo cada vez que le ordenas hacer algo o le aconsejas hacer alguna actividad que vaya más allá de hacer deporte, juerga o estar colgado del móvil. No creo que sea algo exclusivo de mi hijo. Es universal, al menos a mi alrededor.

Xabier Iraola

Pues bien, les tengo que reconocer que, tras dos meses de parón pseudoliterario, he sentido verdadera pereza al volver a ponerme delante del ordenador y decidir sobre qué, y con qué enfoque, escribir en el primer artículo de este nuevo curso.

Imagino que similar pereza habrán sentido mis seguidores, y detractores al ver que no había desaparecido de la faz de la tierra y que sigo, erre que erre, y ya van 13 años, dando la murga, además, con la misma temática de siempre; o sea: caserío, productores, PAC, precios, cadena alimentaria, políticos, fauna salvaje, medio ambiente, cambio climático y un sinfín de cuestiones que, al menos a mí personalmente, me interesa que usted, seguidor y/o detractor, pueda ver reflejadas tanto en la prensa como en redes sociales, blogs, etc.

Si coincide con mi punto de vista, se lo agradezco. Si no le gusta mi opinión, lo siento, qué le vamos a hacer. Ahora bien, a estos últimos les agradecería que me hiciesen llegar su opinión discrepante, siempre que se haga con respeto, para así ampliar mis limitadas miras y, en su caso, acoger su argumentario. Si lo estima pertinente, por favor, escríbame a xiraola@gmail.com.

Pues bien, centrándome en la filípica de hoy, estimado lector, comienzo recomendándole una lectura estival, recomendada por el siempre prudente Eduardo Moyano: la obra Una agricultura sin agricultores, redactada por los franceses François Purseigle y Bertrand Hervieu, que ha visto la luz gracias a la Fundación Cajamar. Una profunda, argumentada y razonada reflexión sobre la evolución del sector agrícola francés, sobre la evolución de lo que calificamos como agricultura familiar y sobre el, al parecer, imparable crecimiento de las sociedades y fondos de inversión con el consiguiente afianzamiento de un modelo agrícola con unos pocos gestores y muchos peones.

En mi opinión, y así se lo transmití al propio Eduardo Moyano, coordinador del libro recomendado, convendría que alguien hiciera un trabajo similar para el Estado español y realizara un diagnóstico concienzudo y argumentado sobre lo que está ocurriendo en el campo estatal, donde una gran parte del sector productor está conformado por agricultores del modelo familiar —con sus más y sus menos, con sus particularidades dependiendo del subsector y de la zona analizada—, pero donde la producción se va concentrando en un modelo empresarial, societario y/o de fondos de inversión (elija usted el calificativo que mejor le parezca). Por cierto, un modelo que casi nadie, al menos pública y socialmente, respalda, impulsa ni protege, pero que va, imparablemente, acaparando una gran parte de la tarta gracias a su vinculación y/o complicidad con la industria agroalimentaria y con la distribución organizada.

Hecha la recomendación de lectura correspondiente, creo que es imprescindible que este juntaletras aborde el tema central de este verano en esta nuestra comunidad, y por extensión en el conjunto de la Cornisa Cantábrica: la sequía.

Las altas temperaturas iniciadas allá por el mes de mayo y los meses sucesivos sin apenas precipitaciones han provocado que todos los subsectores ganaderos hayan visto mermada su producción de hierba en un 50 %, y el lamentable estado actual de los pastos augura que, a falta de una resiembra generalizada, la primavera del año que viene apenas vamos a tener hierba, puesto que las raíces están quemadas y, consiguientemente, de no actuar urgentemente, la primavera nos traerá barro en vez de hierba. Que las praderas cerca del caserío estén agostadas no es algo exclusivo de las zonas de valle, puesto que los pastos de montaña de los montes comunales también han sido arrasados por la sequía, y además, la falta de agua para la cabaña ganadera ha sido la puntilla. Por no hablar de las consecuencias de las altas temperaturas en la fertilidad, la producción de leche, el engorde de los animales, etc.

En el sector hortícola, las altas temperaturas quemaron diferentes cosechas como la vaina, acabaron con la flor de las plantas de tomate y, por lo tanto, dejaron cosechas menguadas. En fruta, el kiwi agonizando; las manzanas, reducidas a su mínima expresión, han caído a tierra, mientras que la viña —dicho sea de paso, si no ocurre alguna desgracia de última hora, que no parece— va a contar con un buen año.

La sequía se ha apoderado de la vida de los baserritarras, que han tenido que hacer lo posible y lo imposible para atender a sus animales, proporcionarles alimento, adelantar e incrementar la compra de forraje, asegurarles agua para calmar la sed, retirar plantas quemadas y volver a replantar para obtener una nueva cosecha, etc. La sequía climatológica, unida a la sequía informativa que padecen muchos medios de comunicación todos los años por esta época veraniega, ha ocasionado que la gente del campo y su delicada situación hayan protagonizado minutos en radios y televisiones y acaparado páginas en la prensa escrita; y, quizás me equivoque, pero creo que esto no ha gustado a ciertas personas que no acogen con agrado ninguna noticia mala que, en su opinión, pueda perjudicarles.

Los baserritarras, y sus malvados representantes sindicales, ansiosos de lograr un marco normativo sobre el que basar el apoyo de la Administración hacia el sector primario, propusieron que se aprobase la declaración oficial de Euskadi como zona con sequía, sin caer en la cuenta de que el plan hidrológico de las cuencas internas del País Vasco en el Cantábrico Oriental tiene una metodología basada en diferentes índices sobre el volumen de precipitaciones medidas en estaciones de aforo, el agua embalsada en embalses, etc. Un ámbito, por cierto, donde la demanda urbana acapara el 85 % de la demanda y donde el agua para regadío y uso ganadero apenas supone el 3,84 %. Y todo ello no es por casualidad y/o por capricho, sino el mero reflejo de un plan que solo contempla aquella realidad acuífera vinculada a la red de suministro regular y pública, y que obvia la realidad de la sequía en las praderas, montes comunales y en los miles de caseríos desconectados —por inacción de la autoridad municipal competente— de dicha red y totalmente dependientes del pozo «particular» impulsado, gestionado y sufragado por ellos mismos.

La foto oficial, según la metodología del plan hidrológico, no es capaz de captar la triste realidad de las praderas de valle ni de los pastos de montaña y, por ello, las autoridades repiten reiteradamente que no se dan las condiciones para declarar Euskadi como zona con sequía. Ahora bien, mientras los baserritarras observan con perplejidad que se quedan fuera del radar de la metodología oficial, esos mismos baserritarras son conocedores de que existen otras fórmulas y metodologías para determinar si unas praderas están sufriendo la sequía o no; no hay más que consultar la metodología utilizada en el campo de los seguros agrarios, donde se determina si hay sequía o no a través de la información suministrada diariamente por un satélite. El satélite suministra imágenes de las diferentes zonas y con ello se calcula el índice vegetativo y se compara con la media de los años anteriores, determinando así, si hay sequía o no.

En fin, volviendo al inicio y sin querer repetirme… ¡qué pereza!

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