Rubén Villanueva – Responsable de Comunicación de COAG
Padilla tiene algo de los héroes cansados de Pérez-Reverte, de esos que luchan cada día sin que nadie esté mirando. Hombres de una pieza, con las costuras gastadas y la mirada intacta, que no confunden el reconocimiento con la dignidad ni la resistencia con la pose. Hombres a los que no se les ocurre hacer bien las cosas porque haya focos, porque alguien vaya a escribir sobre ellos o porque una sala se ponga en pie cuando entran. Las hacen bien porque no saben hacerlas de otra manera. Y porque, en el fondo, tampoco les interesa demasiado otra cosa. Miguel Padilla pertenece a esa especie. Cada vez más rara. Cada vez más necesaria.
Llevo años trabajando cerca de él, escribiendo discursos que luego él sintetizaba en una frase, (o que simplemente ignoraba, quizá porque entre un manchego y un murciano siempre queda algún ajuste de cuentas pendiente. jeje. ). Nunca me acostumbré del todo a una evidencia que, en este oficio, no es tan frecuente como debería: Padilla no interpretaba ningún personaje y todo lo que no sonara a él no podía escenificarlo. Eso, que parece menor, lo explica casi todo.
Hay hombres a los que se comprende mejor visitando el lugar del que vienen que leyendo su currículum. Miguel es uno de ellos. Lorca, su Lorca, no es sólo una ciudad del sur ni un punto del mapa murciano donde el calor cae como una ley antigua. Lorca es una escuela de carácter. Una ciudad que ha conocido terremotos, sequías, guerras, cosechas perdidas y años buenos que nunca duraban lo suficiente. Una ciudad que aprendió hace siglos que la supervivencia no era una metáfora sino una ingeniería.
Y si uno quiere entender de verdad a Miguel Padilla, tiene que entender también esa cultura del agua que heredó sin necesidad de estudiarla en ningún manual. Las acequias, los turnos de riego, la conversación casi religiosa sobre una compuerta abierta demasiado tiempo. Murcia tiene raíces árabes visibles en sus palabras, en su arquitectura, en su manera de pelear cada verano con la sed. Pero sobre todo las tiene en la huerta: esa civilización del agua escasa, de la gota contada, del surco pensado.
Miguel nunca habló del agua como hablan algunos políticos, con gráficos, balances o consignas. Miguel habla del agua como habla un agricultor. Como alguien que sabe exactamente cuánto pesa una semana sin riego en una explotación. Como alguien que conoce la diferencia entre perder dinero y perder la campaña. En Lorca sigue teniendo su explotación hortícola. Brócoli. Calabaza. Cebollas. Productos humildes, incluso ásperos, que no entienden de épica pero sí de trabajo. Allí lo he visto alguna vez, con botas embarradas y el teléfono sonando desde media España mientras él seguía mirando una línea de cultivo con la concentración de un cirujano.
Creo que la primera vez que entendí de dónde venía de verdad esa manera de estar en el mundo fue cuando me habló de su padre. No me lo contó con solemnidad. No es su estilo. Fue una de esas conversaciones de coche, con kilómetros por delante y la radio demasiado baja. Me habló de un hombre que trabajaba en una gasolinera y que por las tardes se iba al campo. Una segunda jornada. Luego otra. Luego la siguiente. Y así durante años.
No añadió ninguna moraleja. No hacía falta. Hay imágenes que funcionan como una herencia completa: un padre oliendo a gasolina y a tierra en el mismo día. Un zagal viendo eso desde una esquina. Y entendiendo, sin que nadie se lo explique, cómo se sostiene una familia y cómo se sostiene también una palabra.
Miguel estudió Derecho. Y, sin embargo, nunca dio la impresión de que aquello fuera una huida del campo o una escalera para parecer otra cosa. En él estudiar no fue ascender. Fue armarse. Fue entender que, además de trabajar la tierra, había que aprender a defenderla. Que no bastaba con producir si otros escribían las reglas.
Quizá por eso siempre entendió antes que muchos que el agricultor del sureste español ya no pedía compasión, sino respeto. No quería ser tratado como una figura folclórica, sino como lo que llevaba años siendo: un emprendedor agrícola, expuesto a riesgos, mercados y decisiones que ya no se resolvían sólo con esfuerzo.
Y así empezó un camino que, visto con perspectiva, tiene algo profundamente poco moderno: crecer hacia arriba sin despegarse del suelo. Primero presidente de COAG en Lorca. Después en Murcia. Más tarde secretario general de COAG a nivel estatal. Los escalones estaban ahí, sí. Pero él nunca pareció subirlos. Más bien fue acumulando responsabilidades como quien va aceptando tareas porque alguien tiene que hacerlas.
Lo he visto en despachos ministeriales y en asambleas con más tensión que aire. He visto cómo otros levantaban la voz, cómo se atropellaban en las frases, cómo se confundía a veces el volumen con el liderazgo. Y después lo he visto hablar a él. Nunca necesitó llenar una sala con su voz. Eso, quizá, es lo más difícil de explicar a quien no lo conoce. Hay personas cuya autoridad no entra cuando llegan; se nota cuando faltan. Con Miguel pasa eso. Su liderazgo nunca fue una cuestión de escenografía. No necesitó golpes en la mesa, ni frases para titulares, ni ese brillo artificial de algunos dirigentes que viven mejor delante de una cámara que delante de un problema.
Su autoridad era más incómoda y más sólida: la confianza. Y la confianza, en realidad, no admite marketing.
Si alguien me preguntara quién es Miguel Padilla, yo podría enumerar cargos, negociaciones, crisis, acuerdos, campañas. Pero probablemente le diría algo mucho más simple y mucho más exacto: es el tipo de persona al que le dejarías las llaves de tu casa, las del coche y el PIN de tu cuenta bancaria.
Y lo diría sin una pizca de exageración. Porque en todos estos años, rodeado de poder, de tentaciones pequeñas y de algunas no tan pequeñas, de aduladores de paso y de enemigos de ocasión, jamás le he visto comportarse como alguien que olvida de dónde viene.
Eso también es una forma de inteligencia.
Y quizá de elegancia.
En la XVI Asamblea General de COAG, que se celebrará el 21 y 22 de mayo, pondrá punto y final a 32 años de sindicalismo agrario.
Yo sospecho que algunos hombres no se retiran nunca del todo. Simplemente cambian de surco. En Lorca, donde el agua nunca se da por hecha y la tierra siempre pide verdad, Miguel Padilla seguirá siendo exactamente lo que ha sido siempre: alguien que merece ser recordado no por el ruido que hizo, sino por todo lo que sostuvo.






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