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Sección con el apoyo de

La Mancha tiene sed de un nuevo relato

Rubén Villanueva Díaz-Parreño es especialista en comunicación agroalimentaria con raíces manchegas

14/05/2026

El mayor viñedo del mundo lleva décadas siendo el secreto peor guardado del vino español. No porque nadie lo sepa. Sino porque nadie sabe cómo contarlo sin que suene a disculpa.

Hay una conversación que he tenido demasiadas veces en bares de Madrid, Valencia o Barcelona. Llega el momento de pedir vino, alguien mira la carta con esa expresión de quien está haciendo una declaración pública de principios, y entonces, casi siempre, lo mismo: «¿De qué zona?» Y cuando digo La Mancha, pasa algo curioso. No hay rechazo. Hay vacío. Un vacío educado, casi respetuoso, del tipo «ah, qué bien» que en realidad significa «no tengo nada que decir sobre eso».

Y ahí está el problema. No en el vino. En el vacío.

Porque La Mancha es, para quien no lo sepa todavía, la denominación de origen más extensa de España y el mayor viñedo del mundo si se cuentan todas sus variedades y territorios. Más de seiscientas mil hectáreas de cepa. Una extensión que haría ruborizarse a Burdeos, que pondría nerviosa a Borgoña y que en La Rioja ( con todo el respeto del mundo) directamente no cabe. Y sin embargo, cuando el sector habla de reposicionamiento, de nuevos relatos, de seducir a las generaciones más jóvenes, La Mancha sigue apareciendo al final de la conversación, un poco como ese primo que tiene más méritos que nadie en la familia pero que nunca ha aprendido a presumir de ellos en la cena de Navidad.

El problema no es el vino. Es el silencio.

Me dedico a la comunicación agroalimentaria. He trabajado con productos que partían de cero y han llegado a ser referencia. He visto aceites de oliva de comarcas desconocidas convertirse en objetos de deseo. He visto quesos de aldea aterrizar en las mejores mesas europeas. Y en todos esos procesos hay siempre un momento bisagra: cuando alguien deja de pedir disculpas por lo que es y empieza a contar por qué eso importa.

La Mancha no ha llegado todavía a ese momento. Sigue, en buena parte, en la fase de las disculpas implícitas. En el «bueno, somos mucho volumen, pero…» o en el «no somos una región glamourosa, pero la calidad ha mejorado mucho». Y la gente joven, (que tiene un detector de imposturas quirúrgicamente preciso y una paciencia inversamente proporcional), escucha eso y no compra el vino. Compra la kombucha.

Escena habitual. Un bar de vinos en Malasaña. Cuatro amigos de entre veintiocho y treinta y cuatro años. En la pizarra hay ocho referencias, con su región y una descripción de dos líneas cada una. Una dice: «Airén de La Mancha. Viñas viejas, suelo calcáreo, cosecha 2022.» Sin más. El camarero, al que nadie le ha preguntado nada, se acerca y dice: «Ese está muy bien, lo que pasa es que la Airén no es muy conocida.» Los cuatro asienten. Ninguno lo pide. No porque no les guste la Airén. Sino porque nadie les ha dado una sola razón para que les importe.

Ese camarero, sin saberlo, acaba de hacer exactamente lo contrario de comunicar. Ha nombrado el obstáculo y no ha dado ninguna herramienta para saltarlo. El vino de La Mancha está lleno de camareros así, en sentido literal y metafórico. Gente que sabe lo que tiene entre manos pero no sabe todavía qué historia contarle a quien tiene enfrente.

La Airén, o cómo ser la uva más plantada del mundo y que nadie te invite a la fiesta

Hablemos de la Airén. La variedad blanca más cultivada del planeta. Más que el Chardonnay. Más que el Riesling. Más que cualquier nombre que aparezca en el tipo de artículos que la gente lee en el avión creyendo que está mejorando su educación enológica. La Airén cubre aproximadamente la mitad del viñedo manchego y lleva siglos adaptándose a una tierra que en verano alcanza temperaturas en las que el asfalto pide la baja.

Y sin embargo, hasta hace muy poco, la Airén era la variedad que el sector mencionaba en voz baja, casi avergonzado, como si fuera una pariente pobre que se presenta sin avisar. Se la usaba para el vino a granel, para el brandy, para completar mezclas. Nunca para el relato.

Aquí es donde la ironía se vuelve casi poética: vivimos en la era del consumidor que busca autenticidad, que desconfía del lujo fabricado, que prefiere lo que no ha necesitado un departamento de marketing para existir. Una generación que paga doce euros por un café de especialidad «de origen» pero que rechaza el greenwashing en menos tiempo del que tarda en deslizar el dedo en Instagram. Y la Airén, resistente, honesta, sin apellidos famosos, anclada a una tierra que no perdona, es exactamente eso: origen sin artificio.

La Airén podría ser la uva de nuestra época. Solo hace falta que alguien se dé cuenta de que llevan décadas cultivando el símbolo perfecto para una generación hastiada de lo impostado. Y empiece a contarlo así, sin complejos ni disculpas. Y resulta que el mercado, que tiene menos paciencia que un sumiller ofendido pero más razón que él, ya ha tomado partido. El Informe Sectorial del Vino 2025 de Agrifood no deja mucho margen a la interpretación: los tintos con crianza retroceden, los blancos crecen, y el precio del vino blanco en bodega sube un 6,7% frente al 0,4% del tinto. No es una anomalía estadística. Es un cambio de ciclo. Y tiene nombre y apellido generacional: son precisamente los consumidores más jóvenes los que están liderando ese giro hacia los blancos frescos, según confirman tanto el OeMv como los principales informes sectoriales de este año. La Airén, que lleva siglos siendo la uva que nadie quería presentar en sociedad, podría ser, con el relato adecuado, la gran protagonista de ese cambio.

Hay bodegas manchegas que ya lo están haciendo. Y a veces la noticia llega desde donde menos se espera: hace unas semanas, “Pedroteño”, un Airén elaborado por la SAT Colomán en Pedro Muñoz, era elegido el mejor Airén de toda España. No una bodega de nuevo cuño con inversor detrás y fotógrafo de guardia. Una cooperativa de pueblo. De un pueblo de La Mancha, del mío para más señas. Que elaboran Airén con carácter, que lo presentan sin el complejo del primo menor y que están descubriendo que cuando el relato cambia, el vino también sabe diferente. No porque haya cambiado la uva. Sino porque ha cambiado quien la escucha.

Don Quijote, más allá del logotipo

Existe una tentación peligrosa en la comunicación del vino manchego que podría llamarse «el molino de viento decorativo». Consiste en poner un molino en la etiqueta, escribir una cita de Cervantes en la contraetiqueta , ( preferiblemente en cursiva y con tipografía envejecida ), y considerar que el trabajo de storytelling está hecho. No lo está. Está empezado mal.

El Quijote usado como logotipo es el Quijote traicionado. Porque lo verdaderamente interesante de ese personaje no es el folclore que lo rodea sino la pregunta que lo mueve: ¿qué hace alguien cuando el mundo ha perdido sus certezas y él necesita igualmente un relato para seguir viviendo?

Eso, aplicado a 2026, suena menos a literatura del Siglo de Oro y más a conversación de grupo de WhatsApp un domingo por la tarde. Las generaciones más jóvenes no son, como a veces se las pinta, una tribu uniforme de abstinentes digitales que solo beben agua con gas y toman decisiones de consumo basadas en gráficos de bienestar. Son gente que busca sentido. Que quiere que las cosas que elige digan algo de quiénes son. Que valora la honestidad sobre la perfección.

Un vino que viene de una tierra dura, que no tiene la facilidad de otros paisajes, que ha sobrevivido a siglos de sol y olvido y sigue aquí con algo que contar: eso tiene más que ver con el Quijote real que cualquier molino en papel couché.

La llanura como propuesta estética. Cómo aprender a mirar.

Me crié mirando la llanura manchega. Y puedo decir, con el conocimiento que da haber vivido en ella y luego haberla echado de menos desde lejos, que es un paisaje que no funciona en el primer vistazo. Necesita tiempo. Como ciertos libros que se resisten las primeras páginas y luego no los sueltas. Como ciertas personas que parecen frías hasta que de repente no.

Eso, que en términos turísticos ha sido históricamente una desventaja «no tiene playa, no tiene montaña, no tiene nada que fotografiar rápido», en términos comunicativos para el contexto actual puede ser exactamente lo contrario. Vivimos saturados de paisajes perfectamente iluminados para el móvil, de experiencias diseñadas para durar exactamente los tres segundos de atención que exige una historia de Instagram. Y empieza a haber un público ( no mayoritario, pero sí creciente y con criterio ) que está harto de todo eso y busca lo que todavía hay que aprender a ver.

Conversación real, reconstruida de memoria. Un amigo arquitecto, treinta y un años, criado en Valencia, me pregunta hace poco dónde podría ir un fin de semana «a desconectar de verdad». Le hablo de La Mancha. Me mira como si le hubiera propuesto pasar la Semana Santa en un polígono industrial. Tres semanas después me manda una foto de un amanecer sobre un viñedo en Campo de Criptana con el mensaje: «Llevas razón, no entiendo cómo no había venido antes.» No había venido antes porque nadie se lo había contado bien. Ni siquiera yo, hasta ese día.

El vino de La Mancha tiene ese mismo problema y esa misma oportunidad. No necesita hacerse más fácil ni más llamativo ni más parecido a lo que ya triunfa. Necesita que alguien construya la puerta de entrada. Que explique qué hay dentro antes de que la gente se aburra esperando fuera.

Las cooperativas o el «comunismo» que marida con el jamón

Una de las historias menos contadas del viñedo manchego ( y una de las más potentes si se mira con los ojos de hoy) es su estructura cooperativa. La mayoría de la producción pasa por cooperativas que aglutinan familias con viñas, generaciones que llevan toda la vida vinculadas a los mismos surcos, economías de pueblo que dependen de la vid como hilo conductor de casi todo lo demás.

En otro contexto comunicativo, eso sería un activo extraordinario. Estamos en el momento en que «local», «colectivo» y «trazabilidad humana» son palabras que aparecen en las cartas de los restaurantes con la misma frecuencia y solemnidad que antes tenían «maridaje» y «expresión varietal». Y La Mancha tiene esa historia. Agricultores reales. Apellidos que se repiten en los mismos pagos desde hace cien años. Un modelo de producción que es, básicamente, lo contrario de la agroindustria anónima que tanta gente joven dice rechazar.

El problema es que el sector manchego casi nunca lo cuenta así. Porque durante décadas el modelo fue eficiente hacia adentro y silencioso hacia afuera. Y ese silencio tiene hoy un coste que empieza a verse en las cifras de consumo. La Mancha tiene todo lo que el consumidor joven dice querer: origen claro, economía local, resistencia climática, honestidad sin artificio. Le falta solo una cosa: contárselo. Y eso, siendo un problema de comunicación, es al menos un problema resoluble.

Un nuevo relato no es un rediseño de etiqueta

Hay una confusión frecuente en el sector, y conviene nombrarla sin rodeos: un nuevo relato no es contratar a un estudio de diseño en Barcelona para que haga las etiquetas más minimalistas. Eso puede ayudar. Pero sin contenido detrás, es como cambiar el traje a alguien que no tiene nada que decir. Va mejor vestido. Sigue callado.

Un nuevo relato es una decisión de fondo sobre quién se quiere ser y a quién se quiere hablar. Implica que bodegas, cooperativas, instituciones y comunicadores compartan una misma idea de lo que La Mancha puede ofrecer al mundo. Implica dejar de mirar hacia afuera buscando validación y empezar a construir desde adentro con lo que ya hay. Implica, sobre todo, resistir la tentación de imitar a quien ya ha llegado donde tú quieres ir, porque ese camino ya está ocupado.

La Mancha no tiene que parecerse a La Rioja. Ni a Priorat o Rueda. Ni a ningún relato de éxito ajeno. Tiene que ser más La Mancha que nunca. Más horizontal. Más austera. Más resistente. Más Airén que Chardonnay. Más cooperativa que bodega de autor. Más llanura que valle cinematográfico. Y eso, en el contexto de un mercado saturado de falsas autenticidades, de paisajes de diseño y de productos que prometen raíces que nunca han tenido, puede ser la propuesta más radical y más honesta que el vino español ofrezca en los próximos años.

Lo que le diría a la Mancha que llevo dentro

Tengo raíces en esta tierra. Sé lo que es crecer rodeado de viñas que nadie fotografía para una revista, de cooperativas sin sala de catas con parquet de roble, de un paisaje que en agosto parece a punto de rendirse y en octubre resulta que no, que nunca se rindió, que estaba esperando tranquilamente a que pasara el calor.

Y precisamente por eso me atrevo a decir esto: La Mancha ha esperado demasiado tiempo a que alguien de fuera le dé permiso para contar su historia. Y nadie se lo va a dar. Hay que tomárselo.

Los jóvenes no necesitan que el vino de La Mancha les prometa sofisticación importada ni les hable del resveratrol con cara de médico de guardia. Necesitan que les cuente algo verdadero. Que les hable de una tierra que lleva siglos produciendo sin pedir aplausos. De una uva que no necesita apellidos famosos para tener carácter. De una cooperativa donde el viticultor conoce por nombre a cada uno de los socios y sabe en qué estado está cada parcela.

Eso no es marketing. Es cultura. Y la cultura, cuando se cuenta bien, no caduca.

La llanura lleva mucho tiempo esperando. Pero tiene una virtud que le viene de fábrica: la paciencia. Al fin y al cabo, es la misma tierra que inventó a un tipo que se lanzó contra molinos convencido de que merecía la pena. Y tenía razón, aunque por razones distintas a las que él creía.

Como casi siempre.

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